La coronación del papa Urbano VIII en 1623

Anónimo. Escuela italiana

Óleo sobre lienzo - 170 * 310 cm.

Este cuadro representa el momento en el que en la facha­da de la basílica de San Pedro del Vaticano, en el balcón ceremonial, es coronado el Papa Urbano VIII, hecho que tuvo lugar el 29 de septiembre de 1623, fecha elegida por el propio Pontífice por su gran devoción al arcángel San Miguel. Su nombre era Maffeo Barberini y perteneció a una de las más ilustres familias romanas de la época. Nacido en Florencia en 1568, tenía, por tanto, cincuenta y cinco años cuando el 6 de agosto de 1623 fue designado para ocupar el solio pontificio, sucediendo en la Cátedra de Pedro a Gregorio XV. Falleció en 1644 en Roma, ciudad donde había vivido desde su niñez con su tío Francesco Barberini, protonotario apostólico, y en la que se había educado con los jesuitas, en el Colegio Romano. Maffeo Barberini fue uno de los mecenas artísticos más influyentes de su época, actividad que incrementó durante los años de su pontificado. Él fue quién dio el impulso fundamental a la construcción del Palacio Barberini de Roma, obra de Maderno y Bernini, y para él trabajaron los artistas más importantes del barroco romano, como los arquitectos citados y el pintor Pietro de Cortona. Entre todos ellos su artista preferido fue sin duda Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), a quien le unía una gran amistad. En las memorias del hijo de este artista se cuenta que el día de su coronación llamó al joven Bernini, que por entonces tenía veintitrés años de edad, y le dijo: "Caballero, su suerte es grande al poder ver al cardenal Maffeo Barberini nombrado Papa, pero la nuestra es aún mayor al poder contar con la existencia del caballero Bernini durante nuestro pontificado". Estas palabras son una clara muestra de la admiración que sentía por el escultor y arquitecto, de quien escribió: "Hombre extraordinario, inventor sublime, nacido por mandato Divino para gloria de Roma y para iluminar el siglo". Esta misión fue la que él se propuso al encargarle obras tan importantes como el baldaquino y la decoración interior de la basílica de San Pedro y su propio monumento funerario, entre otras.

En la escena aparece representada una gran muchedumbre, integrada por caballeros, religiosos y gentes del pueblo, que asiste a la coronación de Urbano VIII desde la plaza de San Pedro, tal y como era en 1623. Por esos años Maderno acababa de terminar la fachada de la basílica, en cuya construcción fue esencial la disposición en ella de un gran balcón destinado a la celebración de ceremonias públicas, el mismo en el que el Papa recién entronizado se muestra al pueblo. En la pintura se aprecian con claridad sus principales cualidades arquitectónicas, como su diseño horizontal -para no entorpecer la visión de la cúpula de Miguel Ángel-, su remate de balaustrada con esculturas y la utilización de un orden gigante de columnas. Quizá lo más extraño de la contemplación de esta plaza romana sea la ausencia de la famosa columnata de Bernini, que sería diseñada y construida por este artista unos cuarenta años después de que tuviera lugar la ceremonia que se represen­ta en el lienzo. Sin embargo se aprecia a la derecha de la composición una construcción que sí existía por esos años: la Torre del Reloj, obra de Martín Ferabosco, levantada en ese lugar entre 1617 y 1618 junto con las escalinatas que se ven en la plaza, todo ello demolido por Bernini cuando por encargo de Alejandro VII inició en 1656 las obras de la actual plaza de San Pedro.

Este tipo de cuadros, destinados a representar actos pú­blicos en un marco urbano, se desarrollaron en el siglo XVII tanto en Italia como en los Países Bajos. En la escuela italiana, a la que sin duda perteneció el anónimo autor de esta obra, esta temática estaba dedicada fundamentalmente a la plasmación de ceremonias religiosas y festejos en los que la imagen de la ciudad adquiría un relevante protagonismo. El precedente más claro de estas composiciones se encuentra en la obra de Gentille Bellini, en la que éste "contó" con extraordinaria minuciosidad pictórica las principales conmemoraciones de la Venecia del siglo XV. Dos siglos después, en el XVII, pintores como Codazzi, Spadaro y Cerquozzi se especializaron en la pintura de vedute -vistas de la ciudad-, pobladas por un gran número de pequeñas figuras que dotaban de contenido narrativo a la escena. Ésa es la concepción de este lienzo, de mediana calidad pero de indiscutible interés documental. Aunque para Lafuente Ferrari su autor pudo ser un artista cercano al manierismo lombardo, en la tradición de Alejandro Magnasco (1667-1749), es quizá más probable que se deba a un pintor de la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos. Por esos años trabajaba en Roma Francesco Gagliardi -fallecido en 1656-, artista especializado en la pintura de arquitecturas con diminutas figuras definidas por ligeras y ágiles pinceladas, a la manera de los bambocciantes, cuyo estilo guarda ciertos contactos con el de esta obra. Arquitecto y pintor, colaboró en ocasiones con Andrea Sacchi, como en el cuadro de éste último dedicado a representar la visita de Urbano VIII al Gesú en 1641 con motivo del centenario de la iglesia -hoy conservado en su sacristía-, en el que Gagliardi debió de hacer las arquitecturas. (Texto de Trinidad de Antonio, dentro del libro "El Arte en el Senado", editado por el Senado, Madrid, 1999, págs. 94 y 95).